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martes, 27 de noviembre de 2018

El infierno


27 de Noviembre



El infierno

Aquel sótano era como bajar a los infiernos. Estaba oscuro, olía a humedad, sangre y desesperación. Se oían respiraciones entrecortadas, otras ni se oían. El guardia abrió los infinitos cerrojos de aquella puerta demoniaca, accionó el interruptor de luz, se volvió a colgar el manojo de llaves en la hebilla del pantalón y arrastró a la presa a seguirlo.

Abajo no había ni una sola ventana, ningún lugar por el que pudiera entrar un rayo de sol o aire puro. El guardia se llevó la mano a la cara ante el hedor que lo invadió. En cada rincón de aquel zulo había cuerpos tirados, almas cansadas de batallar, otras desfallecidas ante la falta de comida y otras que hacía días que habían decidido abandonar aquella pesadilla. La presa iba a su derecha. Avanzaba de rodillas, arrastrada por aquel hombre vestido de negro. Llevaba las manos atadas con cadenas, las ropas hechas pedazos y en la mirada llevaba sed de venganza.

El guardia abrió una de las celdas y empujó a la presa dentro. Cerró la celda, miró a la mujer y le lanzó una sonrisa burlona. Se dio la vuelta, subió de nuevo las escaleras y tras apagar la luz cerró sin cejarse un cerrojo de aquella puerta infernal.

Cuando la mujer consiguió ponerse en pie, se agarró a los barrotes de la celda y comenzó a gritar:

—¡Hijo de puta!

Alrededor, todas aquellas que aún conseguían mantenerse con vida la escucharon sin rechistar, sabían que, a pesar de no conseguir nada, era la única manera que tenía de liberarse.



Continuará…

lunes, 26 de noviembre de 2018

La cueva de Venus


26 de Noviembre

La cueva de Venus


—Está muy oscuro.

—Lo sé, ¿pero consigues ver algo?

—Sí, creo que sí.

Len y Gina eran dos jóvenes a las que la curiosidad le podía. Len era decidida y le gustaba experimentar con nuevas sensaciones, nuevos lugares; Gina era curiosa y se dejaba llevar por los sueños de Len.

Un día, Len le habló de su lado aventurero, quería explorar zonas desconocidas hasta ahora, perderse en lugares misteriosos, Gina ante tanto asombro decidió embarcarse en aquella nueva aventura.

Ahora, se encontraban perdidas en la cueva de un monte oscuro en el que la vegetación estaba presente por doquier y no dejaba ver nada más allá.

—Len, ¿puedes ver algo? —preguntó Gina con desesperación.

—Joder Gina, esto está muy oscuro y los arbustos no me dejan caminar.

—Espera, te lanzaré la linterna.

Gina buscó la linterna en su mochila, comprobó que llevaba batería y la lanzó a la oscuridad.

—La tengo —gritó Len.

Encendió la linterna y se quedó boquiabierta ante lo que tenía a sus ojos. Miles de dibujos rodeaban las paredes de aquella oscura cueva. Dibujos que contenían una historia diferente, trazos sin sentido y textos en algún idioma que Len no conseguía identificar.

—Gina, tienes que ver esto, es precioso.

—Len, si bajo ¿quién nos subirá luego?

—¡Mierda! Pero esto es una maravilla.

Len se aproximó más para ver aquellos dibujos de cerca y fue cuando se percató. Los dibujos estaban borrosos, la pintura se había decolorado. Pasó su mano por uno de ellos.

—Están mojados.

—¿Qué?

—Los dibujos, están mojados.

—¿Que dibujos?

—Joder Gina, aquí abajo está lleno de unos dibujos que no sé muy bien lo que es, y están mojados, no sé si es agua, pero está un poco viscoso.

De repende Gina notó un temblor bajo sus pies. Parecía que la tierra iba a abrirse en dos. Abajo Len también lo sintió.

—Len…

—¡Gina corre es agua! —gritó Len tras dejar caer la linterna y empezar a correr. Una corriente de agua inundó toda la cueva tapando los dibujos y todo cuanto hubiese en ella. Len corrió pero era tarde, el agua la había alcanzado. Gina se apartó y se agarró como pudo al tronco de un árbol mientras veía como aquella cueva vomitaba agua sin cesar. Cuando cesó, buscó y gritó el nombre de Len. La encontró tirada entre unos arbustos. Gina se acercó a ella temiendo lo peor.

—¿Len?

—¡Guau, ha sido alucinante! —dijo Len levantándose de un salto. Gina no podía creer lo que estaba viendo.

— ¡¿Alucinante?! —gritó— pensaba que habías muerto, idiota.

—Por favor Gina, soy una superviviente —dijo ésta jactándose— La cueva de Venus.

—¿Qué?

—Que esta es la cueva de Venus, lo leí en una de las inscripciones antes de que el agua me alcanzase. Tenemos que volver, y vendrás conmigo.

—No iré contigo a ninguna parte.

—Por fi —dijo Len con cara de niña buena

Gina, como siempre, no pudo evitar sonreír ante la mirada loca y angelical de Len.




sábado, 17 de noviembre de 2018

Olvidé


17 de Noviembre

Olvidé


Hoy olvidé decirte quiero.

Quiero conocerte cada día como si fuera el primero.

Quiero despertarme contigo sin importarme nada más.

Quiero soñarte y que en mis sueños sigas siendo la chica maravillosa que eres.

Quiero que me traigas el café a la cama y que mi acompañamiento seas tú.

Quiero ser tu copiloto, que conduzcas sin importar dónde, tan solo saber que me llevas contigo.

Quiero mis otoños, inviernos, primaveras y veranos a tu lado.

Quiero ser quien te haga sonreír cada día.

Quiero ser tu alegría, pero también quien te vuelva loca.

Quiero ser tu “no sé qué tienes pero me encantas”.

Quiero ser a quien desvistas y mires después de haberme recorrido entera.

Quiero ser tu día y tu noche.

Quiero ser esa persona que siempre has merecido.

Quiero ser tu todo.

Quiero ser tuya.

Quiero ser tu vida entera.

Quiero pasar el tiempo que me quede junto a ti.

Perdona si algún día olvido decirte quiero.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Ariadna


1 de Noviembre

Ariadna


Aquella sala estaba hueca. No había nada de color en ella, ni un triste cuadro o dibujo del esqueleto humano. El doctor Díaz movía el fonendoscopio por el pecho de la chica que tenía sentada frente a él mientras le daba algunas indicaciones que hicieran sonar su pecho.

Mientras tanto, Tiara estaba sentada con los brazos negando una y otra vez con la cabeza hacia la paciente.

—Bueno señorita, pues ya está —concluyó el doctor mientras volvía colgar el fonendoscopio en una percha— no me gusta nada ese pecho, parece que tuvieras ahí millones de manadas de lobos rugiendo.

La paciente miró de reojo la cara sería de su acompañante y agachó la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevas sin tomar la medicación? —prosiguió el doctor

Se hizo un silencio frío en la sala.

—Casi tres semanas —dijo al fin la paciente.

A la izquierda Tiara se llevó las manos a la cara y exhaló un suspiro.

— ¡¿Tres semanas?! ¡Por dios! —Exclamó el doctor— bien…no puedo decirte mucho más, tan solo que sigas con el tratamiento si no quieres verte empotrada a una cama de hospital.

La paciente asintió, dubitativa se levantó del asiento, le tendió la mano al doctor y salió. Tiara la siguió.

—Y chica —dijo el doctor antes de que la puerta se cerrara —cuídate

—Gracias, lo haré —contestó ella mientras Tiara susurraba algo entre dientes.

Ambas salieron del centro médico y se montaron en el coche de vuelta a casa. Tras un buen rato ninguna dijo nada, el silencio se hizo entre ellas, quizá no eran tan valientes como pensaban

—¿No vas a decir nada? —dijo al fin la chica de los lobos en el pecho.

Tiara iba al volante con la mirada fija en la carretera, miró de reojo a su acompañante.

—¿Qué quieres que te diga? —preguntó seria.

—No sé, lo que sea.

Tiara siguió con la mirada al volante. Se sentía tensa, impotente para decir nada sin sonar demasiado dura.

—Joder, sé que me he equivocado, lo siento —dijo la acompañante —pero todo el mundo comete errores.

—¿Errores?— preguntó Tiara mirándola— Jugar con tu vida no es un error, Ariadna. Si te quieres matar matate, pero hazlo sola, no nos hagas sufrir a los que te queremos, por una vez en tu vida podrías dejar de ser tan egoísta.

Ariadna tragó saliva. Sabía que Tiara llevaba razón, toda su vida había sido una egoísta, había hecho daño a quienes la querían y ahora pretendía arrastrarles hasta la tumba con ella.

Ariadna sufría un problema pulmonar desde hacía cinco años que la obligaba a medicarse cada día por el resto de su vida. Durante los últimos doce meses se había sentido incapaz de seguir, pues la medicación le provocaba debilidad muscular y somnolencia, de modo que las últimas tres semanas antes de su visita al doctor decidió que quería seguir viviendo hasta que su cuerpo se lo permitiese.

Al llegar a casa ninguna volvió a hablar. Tiara se pasó toda la tarde en su despacho trabajando mientras que Ariadna dormía profundamente. Al llegar la noche, Tiara agotada decidió meterse en la cama, pero antes se aseguró de que a la tableta de pastillas le faltara la de ese día. No estaba. Parecía que Ariadna iba recapacitando. Apagó las luces y se acostó mientras Ariadna a su lado dormía como una niña.

Los rayos de sol hicieron que Tiara se levantara. Las ocho de la mañana. Ese día libraba. Observó que Ariadna ya se había levantado. Bajó al salón con la idea de pedirle perdón por sus palabras y estrecharla entre sus brazos. No la encontró en el salón, ni en la cocina. Sobre la encimera, había café recién hecho y una nota:

Te quiero demasiado como para hacerte sufrir toda una vida.

No espero que lo entiendas, tan solo que lo respetes.

No sirvo para vivir una vida en tratamiento, prefiero morir

sabiendo que viví cómo y lo que quise.

No te pido que me acompañes, no para que sufras.

Tan solo espero que no me odies por esto y que

si antes de irme de este mundo vuelvo a encontrarte

me regales una última sonrisa, esa sonrisa que me enamoró.

Te quiero por siempre,

Ariadna.


Tiara salió a la calle y buscó desesperadamente con la mirada a Ariadna, esperaba verla, correr tras ella y pedirle que no la abandonara, que juntas lucharían, pero tan solo encontró una taza de café recién hecho y un nombre tatuado para siempre a fuego en todo su ser: Ariadna.

martes, 30 de octubre de 2018

Blue


30 de Octubre

Blue

No recuerdo qué día decidí perderme, solo sé que fue un día en el que la oscuridad había absorbido toda la luz de la tierra.

Acurrucada en un rincón de la habitación con las piernas entre las rodillas, los temblores se hacían cada vez más intensos. El frío se había colado en la ciudad sin compasión, había congelado fuentes, espantado a los transeúntes  y pintado de un manto blanco todas las calles.

El frío había llegado sí, pero en mí coexistía el miedo. El miedo hacía vibrar todo mi cuerpo, me invadía, me asfixiaba y me devoraba imparablemente. Quise moverme, pero lo temblores no cesaban. Sin pensarlo, cerré los ojos y me levanté. Me dolía todo el cuerpo y hacía frío. Me acerqué a la ventana, pero tan solo conseguí vislumbrar una pequeña luz parpadeante en el fondo de la escena. Sacudí la cabeza e intenté buscar a mí alrededor algo con lo que taparme, pero fue entonces cuando la vi. La pequeña luz había cobrado intensidad y esta vez parpadeaba más rápido. Me quedé parada con la vista perdida. ¿Quién osaría salir afuera con el tiempo que hacía? ¿Y si en mitad del camino era llevada por la lluvia? Poco a poco dejé de temblar y me pudo la curiosidad. Sabía que no era el pensamiento más racional, pero después de todo era el único pensamiento que había tenido en días, la tristeza me estaba consumiendo día tras día, de modo que ¿por qué no aventurarme a descubrir que era aquella misteriosa luz? Total, ya lo había perdido todo. Me mordí el labio inferior y decidida me coloqué los guantes, bufanda, una capa con capucha y salí.

Fuera el viento cortaba la piel. Sentía como mi cara se iba cortando por momentos, la fuerza del viento hacía que mi pequeño cuerpo se tambalease y me impidiera avanzar. Mis piernas avanzaban tímidamente mientras dejaba tras de mi huellas en la nieve, me tapé como pude y seguí. La luz estaba allí, seguía brillando aunque cada vez menos. Intenté acelerar el paso sorteando viejos callejones silenciosos, pues no había nadie en las calles, tan solo se podían ver cientos de chimeneas humeantes.

En más de una ocasión pensé en darme la vuelta y regresar a casa, el frío era tal que mi cuerpo estaba empezando a perder la sensibilidad, pero moría de ganas por saber de dónde procedía aquella luz. Todo parecía indicar que provenía del puerto, pero el faro hacía muchos años que no estaba en funcionamiento.

Seguí avanzando hasta que llegué al paseo marítimo. Las olas chocaban sin cesar haciendo que las aceras quedaran completamente bañadas. Aceleré el paso y allí estaba: la luz. La había encontrado. No sabía por qué, pero estaba nerviosa. Caminé hasta llegar al muelle. De no haber sido por aquella luz no habría conseguido ver nada. Al final del muelle había un foco del que se desprendía aquella luz que minutos antes había llamado mi atención. Junto al foco había una chica. Estaba sentada, con los brazos apoyados en la madera y contemplando el mar. Me acerqué con sigilo y la observé, no se había percatado de mi presencia, de modo que me atreví a hablarle:

—Hola —dije con la voz helada.

La chica se dio la vuelta y me miró.

—¿Que haces aquí? ¿No ves que hace frío? —dijo mientras volvió su mirada al mar.

—¿Y tú que haces aquí? —pregunté.

—Esperando —contestó seriamente.

—¿Esperando a que, a quién? —sentía que todo mi cuerpo se estaba congelando.

—A ti —dijo clavando su mirada en la mía. Me quedé petrificada. ¿A mí ? ¿Pero que decía aquella loca? Empezaba a pensar que el frío me estaba haciendo alucinar cuando entonces me dijo:

—Ven, siéntate conmigo.

Sin pensarlo accedí. Me senté al lado de aquella extraña mientras las olas seguían su curso.

—Me llamo Blue —dijo — ¿y tú eres?

—Violet.

Miré a Blue fijamente. ¿Qué hacía en un día como aquel allí sola? ¿Que la había llevado hasta allí?

—Vengo aquí cuando quiero pensar, a veces necesito estar sola y sabía que en días como hoy podría hacerlo —dijo como respuesta a mis pensamientos.

—¿Y el foco? —quise saber.

—Lo traigo para poder ver mejor el mar.

—Pero te estas mojando —le recordé.

—No me importa —dijo, y entonces me sonrió. Una sonrisa perfecta, de esas con las que se para y olvida todo.

—Gracias por venir, por cierto, creo que eres la única a la que he visto por aquí —me dijo.

—No, gracias a ti.

—¿A mí, por qué?

—Por salvarme.

Y sin más, las dos seguimos allí sentadas con el corazón botándonos del pecho.

No recuerdo que día decidí perderme, tan solo sé que desde vi su sonrisa es con la única que deseo encontrarme.

lunes, 15 de octubre de 2018

Sueño


15  de Octubre

Sueño


 Lunes sin ti. Te echo de menos, cada vez más.


Que te despiertes por las mañanas con los ojos pegados,
las marcas de la sábana en tu cara,
los pelos revueltos…¡te ves tan sexy!
Que te acerques a mi oído y me susurres te quiero.
Que te vuelvas a dormir mientras yo me quedo con las ganas,
¡joder, tú y ese sueño tan profundo!, que te mire y te llame marmota,
que tú ni lo oigas, entonces yo, simplemente te mire perdidamente.
Que me traigas el desayuno a la cama,
pero en verdad, lo único que quiera desayunar sea tu cuerpo entero.
Que nos levantemos y nos perdamos en algún lugar de esos mágicos
que tanto te gustan, o simplemente seguir en la cama.
Que me rías, que me llores, que me abraces, que me beses,
que te enfades y me perdones, que me desvistas, que lo hagamos
y lo volvamos a hacer, que me quieras para todo.
Ese es mi mayor sueño.

jueves, 4 de octubre de 2018

Retales


4 de Octubre

Retales

Tercer día sin ti, aun puedo soportarlo pero…te echo de menos, te echo de menos hoy.

Trato de no pensar que no estas a mi lado y sé que llorar no te va a hacer regresar.

Pero es que necesito de tus besos aquí y ahora porque, necesito verte aquí, tu mirada me hace grande y que estemos las dos solas dando tumbos, a veces sin nada que decir, pero no es importante siempre que mantengas esa mirada.

Te diré que contigo yo no quiero ni flores ni canciones, prefiero improvisar sin miedo a que haya una caída porque, el miedo que yo tengo es no poder saborearte lo suficiente, es dejarte escapar, es vivir sin apostar.

No sé si lo sabrás o si eres consciente de que en mi cuerpo hay mariposas, mariposas que se revuelven cuando tú me rozas y todo se detiene a mi alrededor cuando nos besamos así, esos besos tuyos que van encendiéndome a fuego lento.

De ser posible te pediría que me contaras al oído muy despacio y muy bajito todos tus miedos, todos tus sueños, todos tus sentimientos. Pero sigo aquí, esperándote como siempre.

Lo que si pido es que antes de morirme…quiero seguir comiéndote a besos.

martes, 2 de octubre de 2018

120 minutos


2 de Octubre


120 minutos


Primer día sin ti, aún puedo soportarlo.
120 minutos, tan solo pido eso.
120 minutos que, en ocasiones, pueden alegrar toda una vida, como la mía ayer.
120 minutos de paz, felicidad.
120 minutos contigo.

¿Sueno muy cursi si te digo que aún llevo tu aroma pegado en mi chaqueta? No lo sé, pero poco a poco se va desvaneciendo y...tengo miedo de perder ese último recuerdo tuyo pegado en mí.
Quizá también te suene cursi que te diga que mojo mis labios esperando poder notar el tacto de los tuyos, como si eso me los fuera a devolver en ese preciso instante.
Puedo aún sentir tu mano acariciando mi cuello, mientras mi sistema nervioso se dispara, porque cada caricia tuya (es)(calor)frío para mi cuerpo.
Quisiera poder pasar cada segundo acariciando cada milímetro de tu piel, sintiendo mi corazón acelerarse, tu mirada clavada en mí y yo...yo perdida en ti.
Desearía poder tener cada día 120 minutos contigo pero, si te soy sincera, ya no me valen esos 120 minutos porque hoy y a partir de ahora, prefiero que no haya ningún reloj controlando el tiempo que paso contigo.

lunes, 1 de octubre de 2018

Tres


1 de Octubre

Tres

Último día contigo después de sentirte un poco mía.

La maldita marginación social nos ha tocado de lleno, porque ella es así...siempre separando personas.

¿Y qué me dices de esos putos 300 y pico kilómetros? Número de tres cifras...como tres fueron los segundos que necesité para saber que te quería conocer. Tres también fueron las diosas que estuvieron en el juicio de Paris una vez Eris lanzó su famosa manzana de la discordia. Paris eligió a Afrodita, ¡menudo imbécil! Yo sin duda me hubiera ido con la manzana, porque la manzana es pecado y tú, mi reina, eres lo más parecido al pecado que he conocido.

El tres, siempre el tres.

Desde hace mucho tiempo viene siendo mi número favorito, no sabía por qué, simplemente me gustaba.

Y es ahora cuando me he dado cuenta de su sentido: tres letras, una palabra, un nombre: el tuyo.

Tres sílabas que deseo de ti:


sa

me