1 de Noviembre
Ariadna
Aquella sala estaba
hueca. No había nada de color en ella, ni un triste cuadro o dibujo del
esqueleto humano. El doctor Díaz movía el fonendoscopio por el pecho de la
chica que tenía sentada frente a él mientras le daba algunas indicaciones que
hicieran sonar su pecho.
Mientras tanto, Tiara
estaba sentada con los brazos negando una y otra vez con la cabeza hacia la
paciente.
—Bueno señorita, pues
ya está —concluyó el doctor mientras volvía colgar el fonendoscopio en una
percha— no me gusta nada ese pecho, parece que tuvieras ahí millones de manadas
de lobos rugiendo.
La paciente miró de reojo
la cara sería de su acompañante y agachó la cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevas
sin tomar la medicación? —prosiguió el doctor
Se hizo un silencio
frío en la sala.
—Casi tres semanas —dijo
al fin la paciente.
A la izquierda Tiara se
llevó las manos a la cara y exhaló un suspiro.
— ¡¿Tres semanas?! ¡Por
dios! —Exclamó el doctor— bien…no puedo decirte mucho más, tan solo que sigas
con el tratamiento si no quieres verte empotrada a una cama de hospital.
La paciente asintió,
dubitativa se levantó del asiento, le tendió la mano al doctor y salió. Tiara la
siguió.
—Y chica —dijo el
doctor antes de que la puerta se cerrara —cuídate
—Gracias, lo haré —contestó
ella mientras Tiara susurraba algo entre dientes.
Ambas salieron del
centro médico y se montaron en el coche de vuelta a casa. Tras un buen rato
ninguna dijo nada, el silencio se hizo entre ellas, quizá no eran tan valientes
como pensaban
—¿No vas a decir nada? —dijo
al fin la chica de los lobos en el pecho.
Tiara iba al volante
con la mirada fija en la carretera, miró de reojo a su acompañante.
—¿Qué quieres que te
diga? —preguntó seria.
—No sé, lo que sea.
Tiara siguió con la
mirada al volante. Se sentía tensa, impotente para decir nada sin sonar
demasiado dura.
—Joder, sé que me he
equivocado, lo siento —dijo la acompañante —pero todo el mundo comete errores.
—¿Errores?— preguntó
Tiara mirándola— Jugar con tu vida no es un error, Ariadna. Si te quieres matar
matate, pero hazlo sola, no nos hagas sufrir a los que te queremos, por una vez
en tu vida podrías dejar de ser tan egoísta.
Ariadna tragó saliva. Sabía
que Tiara llevaba razón, toda su vida había sido una egoísta, había hecho daño
a quienes la querían y ahora pretendía arrastrarles hasta la tumba con ella.
Ariadna sufría un
problema pulmonar desde hacía cinco años que la obligaba a medicarse cada día
por el resto de su vida. Durante los últimos doce meses se había sentido
incapaz de seguir, pues la medicación le provocaba debilidad muscular y
somnolencia, de modo que las últimas tres semanas antes de su visita al doctor
decidió que quería seguir viviendo hasta que su cuerpo se lo permitiese.
Al llegar a casa
ninguna volvió a hablar. Tiara se pasó toda la tarde en su despacho trabajando
mientras que Ariadna dormía profundamente. Al llegar la noche, Tiara agotada
decidió meterse en la cama, pero antes se aseguró de que a la tableta de
pastillas le faltara la de ese día. No estaba. Parecía que Ariadna iba
recapacitando. Apagó las luces y se acostó mientras Ariadna a su lado dormía
como una niña.
Los rayos de sol
hicieron que Tiara se levantara. Las ocho de la mañana. Ese día libraba. Observó
que Ariadna ya se había levantado. Bajó al salón con la idea de pedirle perdón
por sus palabras y estrecharla entre sus brazos. No la encontró en el salón, ni
en la cocina. Sobre la encimera, había café recién hecho y una nota:
Te quiero demasiado
como para hacerte sufrir toda una vida.
No espero que lo entiendas,
tan solo que lo respetes.
No sirvo para vivir una
vida en tratamiento, prefiero morir
sabiendo que viví cómo
y lo que quise.
No te pido que me
acompañes, no para que sufras.
Tan solo espero que no
me odies por esto y que
si antes de irme de
este mundo vuelvo a encontrarte
me regales una última
sonrisa, esa sonrisa que me enamoró.
Te quiero por siempre,
Ariadna.
Tiara salió a la
calle y buscó desesperadamente con la mirada a Ariadna, esperaba verla, correr
tras ella y pedirle que no la abandonara, que juntas lucharían, pero tan solo
encontró una taza de café recién hecho y un nombre tatuado para siempre a fuego
en todo su ser: Ariadna.
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