jueves, 1 de noviembre de 2018

Ariadna


1 de Noviembre

Ariadna


Aquella sala estaba hueca. No había nada de color en ella, ni un triste cuadro o dibujo del esqueleto humano. El doctor Díaz movía el fonendoscopio por el pecho de la chica que tenía sentada frente a él mientras le daba algunas indicaciones que hicieran sonar su pecho.

Mientras tanto, Tiara estaba sentada con los brazos negando una y otra vez con la cabeza hacia la paciente.

—Bueno señorita, pues ya está —concluyó el doctor mientras volvía colgar el fonendoscopio en una percha— no me gusta nada ese pecho, parece que tuvieras ahí millones de manadas de lobos rugiendo.

La paciente miró de reojo la cara sería de su acompañante y agachó la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevas sin tomar la medicación? —prosiguió el doctor

Se hizo un silencio frío en la sala.

—Casi tres semanas —dijo al fin la paciente.

A la izquierda Tiara se llevó las manos a la cara y exhaló un suspiro.

— ¡¿Tres semanas?! ¡Por dios! —Exclamó el doctor— bien…no puedo decirte mucho más, tan solo que sigas con el tratamiento si no quieres verte empotrada a una cama de hospital.

La paciente asintió, dubitativa se levantó del asiento, le tendió la mano al doctor y salió. Tiara la siguió.

—Y chica —dijo el doctor antes de que la puerta se cerrara —cuídate

—Gracias, lo haré —contestó ella mientras Tiara susurraba algo entre dientes.

Ambas salieron del centro médico y se montaron en el coche de vuelta a casa. Tras un buen rato ninguna dijo nada, el silencio se hizo entre ellas, quizá no eran tan valientes como pensaban

—¿No vas a decir nada? —dijo al fin la chica de los lobos en el pecho.

Tiara iba al volante con la mirada fija en la carretera, miró de reojo a su acompañante.

—¿Qué quieres que te diga? —preguntó seria.

—No sé, lo que sea.

Tiara siguió con la mirada al volante. Se sentía tensa, impotente para decir nada sin sonar demasiado dura.

—Joder, sé que me he equivocado, lo siento —dijo la acompañante —pero todo el mundo comete errores.

—¿Errores?— preguntó Tiara mirándola— Jugar con tu vida no es un error, Ariadna. Si te quieres matar matate, pero hazlo sola, no nos hagas sufrir a los que te queremos, por una vez en tu vida podrías dejar de ser tan egoísta.

Ariadna tragó saliva. Sabía que Tiara llevaba razón, toda su vida había sido una egoísta, había hecho daño a quienes la querían y ahora pretendía arrastrarles hasta la tumba con ella.

Ariadna sufría un problema pulmonar desde hacía cinco años que la obligaba a medicarse cada día por el resto de su vida. Durante los últimos doce meses se había sentido incapaz de seguir, pues la medicación le provocaba debilidad muscular y somnolencia, de modo que las últimas tres semanas antes de su visita al doctor decidió que quería seguir viviendo hasta que su cuerpo se lo permitiese.

Al llegar a casa ninguna volvió a hablar. Tiara se pasó toda la tarde en su despacho trabajando mientras que Ariadna dormía profundamente. Al llegar la noche, Tiara agotada decidió meterse en la cama, pero antes se aseguró de que a la tableta de pastillas le faltara la de ese día. No estaba. Parecía que Ariadna iba recapacitando. Apagó las luces y se acostó mientras Ariadna a su lado dormía como una niña.

Los rayos de sol hicieron que Tiara se levantara. Las ocho de la mañana. Ese día libraba. Observó que Ariadna ya se había levantado. Bajó al salón con la idea de pedirle perdón por sus palabras y estrecharla entre sus brazos. No la encontró en el salón, ni en la cocina. Sobre la encimera, había café recién hecho y una nota:

Te quiero demasiado como para hacerte sufrir toda una vida.

No espero que lo entiendas, tan solo que lo respetes.

No sirvo para vivir una vida en tratamiento, prefiero morir

sabiendo que viví cómo y lo que quise.

No te pido que me acompañes, no para que sufras.

Tan solo espero que no me odies por esto y que

si antes de irme de este mundo vuelvo a encontrarte

me regales una última sonrisa, esa sonrisa que me enamoró.

Te quiero por siempre,

Ariadna.


Tiara salió a la calle y buscó desesperadamente con la mirada a Ariadna, esperaba verla, correr tras ella y pedirle que no la abandonara, que juntas lucharían, pero tan solo encontró una taza de café recién hecho y un nombre tatuado para siempre a fuego en todo su ser: Ariadna.

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