martes, 30 de octubre de 2018

Blue


30 de Octubre

Blue

No recuerdo qué día decidí perderme, solo sé que fue un día en el que la oscuridad había absorbido toda la luz de la tierra.

Acurrucada en un rincón de la habitación con las piernas entre las rodillas, los temblores se hacían cada vez más intensos. El frío se había colado en la ciudad sin compasión, había congelado fuentes, espantado a los transeúntes  y pintado de un manto blanco todas las calles.

El frío había llegado sí, pero en mí coexistía el miedo. El miedo hacía vibrar todo mi cuerpo, me invadía, me asfixiaba y me devoraba imparablemente. Quise moverme, pero lo temblores no cesaban. Sin pensarlo, cerré los ojos y me levanté. Me dolía todo el cuerpo y hacía frío. Me acerqué a la ventana, pero tan solo conseguí vislumbrar una pequeña luz parpadeante en el fondo de la escena. Sacudí la cabeza e intenté buscar a mí alrededor algo con lo que taparme, pero fue entonces cuando la vi. La pequeña luz había cobrado intensidad y esta vez parpadeaba más rápido. Me quedé parada con la vista perdida. ¿Quién osaría salir afuera con el tiempo que hacía? ¿Y si en mitad del camino era llevada por la lluvia? Poco a poco dejé de temblar y me pudo la curiosidad. Sabía que no era el pensamiento más racional, pero después de todo era el único pensamiento que había tenido en días, la tristeza me estaba consumiendo día tras día, de modo que ¿por qué no aventurarme a descubrir que era aquella misteriosa luz? Total, ya lo había perdido todo. Me mordí el labio inferior y decidida me coloqué los guantes, bufanda, una capa con capucha y salí.

Fuera el viento cortaba la piel. Sentía como mi cara se iba cortando por momentos, la fuerza del viento hacía que mi pequeño cuerpo se tambalease y me impidiera avanzar. Mis piernas avanzaban tímidamente mientras dejaba tras de mi huellas en la nieve, me tapé como pude y seguí. La luz estaba allí, seguía brillando aunque cada vez menos. Intenté acelerar el paso sorteando viejos callejones silenciosos, pues no había nadie en las calles, tan solo se podían ver cientos de chimeneas humeantes.

En más de una ocasión pensé en darme la vuelta y regresar a casa, el frío era tal que mi cuerpo estaba empezando a perder la sensibilidad, pero moría de ganas por saber de dónde procedía aquella luz. Todo parecía indicar que provenía del puerto, pero el faro hacía muchos años que no estaba en funcionamiento.

Seguí avanzando hasta que llegué al paseo marítimo. Las olas chocaban sin cesar haciendo que las aceras quedaran completamente bañadas. Aceleré el paso y allí estaba: la luz. La había encontrado. No sabía por qué, pero estaba nerviosa. Caminé hasta llegar al muelle. De no haber sido por aquella luz no habría conseguido ver nada. Al final del muelle había un foco del que se desprendía aquella luz que minutos antes había llamado mi atención. Junto al foco había una chica. Estaba sentada, con los brazos apoyados en la madera y contemplando el mar. Me acerqué con sigilo y la observé, no se había percatado de mi presencia, de modo que me atreví a hablarle:

—Hola —dije con la voz helada.

La chica se dio la vuelta y me miró.

—¿Que haces aquí? ¿No ves que hace frío? —dijo mientras volvió su mirada al mar.

—¿Y tú que haces aquí? —pregunté.

—Esperando —contestó seriamente.

—¿Esperando a que, a quién? —sentía que todo mi cuerpo se estaba congelando.

—A ti —dijo clavando su mirada en la mía. Me quedé petrificada. ¿A mí ? ¿Pero que decía aquella loca? Empezaba a pensar que el frío me estaba haciendo alucinar cuando entonces me dijo:

—Ven, siéntate conmigo.

Sin pensarlo accedí. Me senté al lado de aquella extraña mientras las olas seguían su curso.

—Me llamo Blue —dijo — ¿y tú eres?

—Violet.

Miré a Blue fijamente. ¿Qué hacía en un día como aquel allí sola? ¿Que la había llevado hasta allí?

—Vengo aquí cuando quiero pensar, a veces necesito estar sola y sabía que en días como hoy podría hacerlo —dijo como respuesta a mis pensamientos.

—¿Y el foco? —quise saber.

—Lo traigo para poder ver mejor el mar.

—Pero te estas mojando —le recordé.

—No me importa —dijo, y entonces me sonrió. Una sonrisa perfecta, de esas con las que se para y olvida todo.

—Gracias por venir, por cierto, creo que eres la única a la que he visto por aquí —me dijo.

—No, gracias a ti.

—¿A mí, por qué?

—Por salvarme.

Y sin más, las dos seguimos allí sentadas con el corazón botándonos del pecho.

No recuerdo que día decidí perderme, tan solo sé que desde vi su sonrisa es con la única que deseo encontrarme.

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