30 de Octubre
Blue
No recuerdo qué día
decidí perderme, solo sé que fue un día en el que la oscuridad había absorbido
toda la luz de la tierra.
Acurrucada en un rincón
de la habitación con las piernas entre las rodillas, los temblores se hacían
cada vez más intensos. El frío se había colado en la ciudad sin compasión,
había congelado fuentes, espantado a los transeúntes y pintado de un manto blanco todas las
calles.
El frío había llegado
sí, pero en mí coexistía el miedo. El miedo hacía vibrar todo mi cuerpo, me
invadía, me asfixiaba y me devoraba imparablemente. Quise moverme, pero lo
temblores no cesaban. Sin pensarlo, cerré los ojos y me levanté. Me dolía todo
el cuerpo y hacía frío. Me acerqué a la ventana, pero tan solo conseguí
vislumbrar una pequeña luz parpadeante en el fondo de la escena. Sacudí la
cabeza e intenté buscar a mí alrededor algo con lo que taparme, pero fue
entonces cuando la vi. La pequeña luz había cobrado intensidad y esta vez
parpadeaba más rápido. Me quedé parada con la vista perdida. ¿Quién osaría salir afuera con el tiempo que
hacía? ¿Y si en mitad del camino era llevada por la lluvia? Poco a poco
dejé de temblar y me pudo la curiosidad. Sabía que no era el pensamiento más
racional, pero después de todo era el único pensamiento que había tenido en
días, la tristeza me estaba consumiendo día tras día, de modo que ¿por qué no aventurarme a descubrir que era
aquella misteriosa luz? Total, ya lo había perdido todo. Me mordí el labio
inferior y decidida me coloqué los guantes, bufanda, una capa con capucha y
salí.
Fuera el viento cortaba
la piel. Sentía como mi cara se iba cortando por momentos, la fuerza del viento
hacía que mi pequeño cuerpo se tambalease y me impidiera avanzar. Mis piernas
avanzaban tímidamente mientras dejaba tras de mi huellas en la nieve, me tapé
como pude y seguí. La luz estaba allí, seguía brillando aunque cada vez menos. Intenté
acelerar el paso sorteando viejos callejones silenciosos, pues no había nadie
en las calles, tan solo se podían ver cientos de chimeneas humeantes.
En más de una ocasión
pensé en darme la vuelta y regresar a casa, el frío era tal que mi cuerpo
estaba empezando a perder la sensibilidad, pero moría de ganas por saber de dónde
procedía aquella luz. Todo parecía indicar que provenía del puerto, pero el
faro hacía muchos años que no estaba en funcionamiento.
Seguí avanzando hasta
que llegué al paseo marítimo. Las olas chocaban sin cesar haciendo que las
aceras quedaran completamente bañadas. Aceleré el paso y allí estaba: la luz. La
había encontrado. No sabía por qué, pero estaba nerviosa. Caminé hasta llegar
al muelle. De no haber sido por aquella luz no habría conseguido ver nada. Al
final del muelle había un foco del que se desprendía aquella luz que minutos
antes había llamado mi atención. Junto al foco había una chica. Estaba sentada,
con los brazos apoyados en la madera y contemplando el mar. Me acerqué con
sigilo y la observé, no se había percatado de mi presencia, de modo que me
atreví a hablarle:
—Hola —dije con la voz
helada.
La chica se dio la
vuelta y me miró.
—¿Que haces aquí? ¿No
ves que hace frío? —dijo mientras volvió su mirada al mar.
—¿Y tú que haces aquí? —pregunté.
—Esperando —contestó
seriamente.
—¿Esperando a que, a
quién? —sentía que todo mi cuerpo se estaba congelando.
—A ti —dijo clavando su
mirada en la mía. Me quedé petrificada. ¿A mí ? ¿Pero que decía aquella loca? Empezaba a pensar que el frío me estaba haciendo alucinar cuando entonces me
dijo:
—Ven, siéntate conmigo.
Sin pensarlo accedí. Me
senté al lado de aquella extraña mientras las olas seguían su curso.
—Me llamo Blue —dijo —
¿y tú eres?
—Violet.
Miré a Blue fijamente. ¿Qué hacía en un día como aquel allí sola? ¿Que
la había llevado hasta allí?
—Vengo aquí cuando
quiero pensar, a veces necesito estar sola y sabía que en días como hoy podría
hacerlo —dijo como respuesta a mis pensamientos.
—¿Y el foco? —quise
saber.
—Lo traigo para poder
ver mejor el mar.
—Pero te estas mojando —le
recordé.
—No me importa —dijo, y
entonces me sonrió. Una sonrisa perfecta, de esas con las que se para y olvida
todo.
—Gracias por venir, por
cierto, creo que eres la única a la que he visto por aquí —me dijo.
—No, gracias a ti.
—¿A mí, por qué?
—Por salvarme.
Y sin más, las dos
seguimos allí sentadas con el corazón botándonos del pecho.
No recuerdo que día decidí
perderme, tan solo sé que desde vi su sonrisa es con la única que deseo
encontrarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario