27 de Noviembre
El infierno
Aquel sótano era como bajar a los
infiernos. Estaba oscuro, olía a humedad, sangre y desesperación. Se oían
respiraciones entrecortadas, otras ni se oían. El guardia abrió los infinitos
cerrojos de aquella puerta demoniaca, accionó el interruptor de luz, se volvió
a colgar el manojo de llaves en la hebilla del pantalón y arrastró a la presa a
seguirlo.
Abajo no había ni una sola ventana,
ningún lugar por el que pudiera entrar un rayo de sol o aire puro. El guardia
se llevó la mano a la cara ante el hedor que lo invadió. En cada rincón de
aquel zulo había cuerpos tirados, almas cansadas de batallar, otras
desfallecidas ante la falta de comida y otras que hacía días que habían
decidido abandonar aquella pesadilla. La presa iba a su derecha. Avanzaba de
rodillas, arrastrada por aquel hombre vestido de negro. Llevaba las manos
atadas con cadenas, las ropas hechas pedazos y en la mirada llevaba sed de
venganza.
El guardia abrió una de las celdas
y empujó a la presa dentro. Cerró la celda, miró a la mujer y le lanzó una
sonrisa burlona. Se dio la vuelta, subió de nuevo las escaleras y tras apagar
la luz cerró sin cejarse un cerrojo de aquella puerta infernal.
Cuando la mujer consiguió ponerse
en pie, se agarró a los barrotes de la celda y comenzó a gritar:
—¡Hijo de puta!
Alrededor, todas aquellas que aún
conseguían mantenerse con vida la escucharon sin rechistar, sabían que, a pesar
de no conseguir nada, era la única manera que tenía de liberarse.
Continuará…
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