miércoles, 13 de marzo de 2019

Musa


Musa

Me enamoré de tu sonrisa de niña traviesa, de tu pelo indomable y de los escalofríos que me provocaba tu piel.

Exploré el mapa de tu cuerpo, busqué cada uno de los tesoros que escondía cada poro de tu piel. Inhalé tu perfume hasta colocarme, (te) corrí hasta que mi boca quedó seca y tus gemidos se volvieron sordos.

Te abracé en las noches de frío y te desnudé cuando el calor nos invadió.

Ahora tan solo tengo tu recuerdo y ese viejo bloc de notas que te dejaste sobre la encimera de la cocina. Lo he leído mil veces. Siempre me pareció que escribías jodidamente bien. Todos estos años creyendo que eras musa y resultó que eras poeta. Inspirabas mi vida mientras tú encontrabas tus versos en los brazos de otro.

Estoy en el banco que hay frente a tu portal, sé dónde vives desde hace meses. Te veo todas las tardes sacar las llaves del bolso y perderte en el interior del hall. Muchas veces he tenido la tentación de acercarme a ti y preguntarte cómo estás, decirte que no te guardo rencor por lo que hiciste y que no he dejado de quererte, después lo medito y veo que no es buena opción, pues implicaría contarte que la heroína de mi vida me está consumiendo poco a poco, que desde que tú te fuiste la vida es una mala compañía para mí, que hay días que me despierto tirado en mitad de la calle sin acordarme de nada pero que tú, cariño, siempre acabas volviendo a mi consumida cabeza.

Me gustaría decirte que siempre serás mi mejor droga aunque en mis versos tan solo seas musa.


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