730 días y 1000 botellas
de Whiskey
Hoy he cambiado mi ropa
sucia por unos vaqueros y un polo y he sustituido el olor a whiskey por aquella
fragancia de Hugo Boss que me regalaste para mi trigésimo cumpleaños y que aún
conservo casi intacta. Estoy nervioso. Tú te
echo de menos de anoche ha hecho que esté toda la noche en vela. No te
culpo, de hecho me gusta, lo estaba deseando. Ando firme por las calles de aquel
barrio que una vez vio pasear nuestro amor. Te encuentro sentada de espalda a mí
en una de las terrazas que hay en la plaza mayor. Te incorporas al percatarte
de mi llegada y me dedicas una de tus sonrisas. ¡Qué guapa estás! ¡Estás
jodidamente guapa! Llevas aquel vestido de lunares negros que te compraste en
aquella boutique de París y que horas después te quité en aquel hotel de no sé cuántas
estrellas, porque yo contigo vi el firmamento entero. Te queda bien ese nuevo
corte de pelo y tus labios rojos siguen siendo el foco de atención. Paso mis
manos por el pantalón disimulando sin éxito mi nerviosismo. Me hablas con tu
melodiosa voz y poco a poco vamos entrando en conversación. Tardo poco en darme
cuenta que no me echas de menos a mí, sino a que alguien te escuche. Ese gilipollas
con el que has estado el último año y medio no sabe la mujer que se está
perdiendo por el encaprichamiento de unas faldas mal teñidas. No sabe que
mientras él juega contigo yo me muero por volver a dormir junto a ti, no sabe
que después de casi tres años yo te sigo queriendo como los 730 días que estuve
contigo. Te secas las lágrimas, miras el reloj y decidimos marcharnos. Tú me
dices que tenemos que vernos más, yo asiento y sonrío. Llego a casa, me quito
los zapatos y cojo la botella de whiskey de nuevo. Al fin y al cabo es el único
perfume que me queda bien, al fin y al cabo me he hecho adicto, al fin y al
cabo es de la única manera que no me dueles, cariño.
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