martes, 26 de febrero de 2019

La calle Lapin


La calle Lapin



Arrugó el papel que tenía frente a él y lo encestó en la papelera que tenía a su izquierda. Era el número doce de aquella tarde. Se levantó pasándose la mano por el pelo. Llevaba tres horas en aquel cuartucho y aún no había conseguido escribir nada. Se acercó hasta la ventana, la abrió e inhaló aire puro. Desde allí se podía ver el mar. Aquella tarde el oleaje estaba calmado. El sol reflejaba todo el agua mientras tímidamente iba escondiéndose para dejar paso una vez más a la luna y su enigmática noche. Sacó de uno de sus bolsillos el paquete de tabaco, se colocó uno entre los labios y lo encendió. Mientras dejaba que aquella sustancia se adentrara hasta sus pulmones contempló a cuantos pasaban por la calle niños jugando, madres histéricas, jóvenes paseando su primer e idílico amor, ancianos cuya compañía era la de sus perros y el bastón de la tercera edad…

A sus casi cincuenta años vivía en un pequeño estudio en Niza. Su única compañía eran sus papeles en blanco y su pluma estilográfica. En algunas ocasiones hablaba con un vecino al que le faltaba una pierna y cuya cordura era más que cuestionable.

Cuando se hubo terminado el cigarro, cerró la ventana y se sentó de nuevo. Sabía que aquel día no conseguiría escribir nada. Dicen que los escritores se mueven por la inspiración, por una musa que los ilumina. Emmanuel Soir no tenía musa, aunque, unos días atrás conoció a una joven cuya simpatía le había abierto un cierto interés. Se hacía llamar Amelie Leblanc, era parisina, pero hacía ocho años que se había trasladado a Niza junto a su padre y su hermano en busca de una nueva vida. Recordaba acelerado la mirada aguamarina de aquella joven cuya edad no debía llegar a los treinta. Aquel día vestía de blanco, como si de un cisne se tratara, llevaba su ondulada melena castaña recogida en un elegante moño y sus labios eran color rubí. Antes de despedirse, la joven le tendió a Emmanuel un papel en donde figuraba su dirección invitándolo a ir cuando le fuera necesario.

Despertando de su ensimismamiento, Emmanuel abrió el cajón de su escritorio en donde guardaba como paño en oro la dirección de aquella joven. Sin pensarlo, la metió en su bolsillo, se colocó su gabardina color chocolate, su sombrero y salió de aquellas cuatro paredes.

Fuera, los faroleros comenzaban a iluminar las calles bajando y subiendo interminables veces sus escalerillas. La brisa del mar dejaba en el ambiente un olor agradable. Emmanuel caminó varias calles en dirección al norte. La joven Leblanc vivía a unos veinte minutos a pie. La gente poco a poco comenzaba a resguardarse, los niños entraban agotados, las madres sacaban fuerzas inexistentes para aguantar hasta la hora de dormir y los ancianos daban gracias por cada minuto que aún seguían con vida.

Tras una buena caminata, sacó de nuevo el papel y miró la dirección. Definitivamente se había perdido, no encontraba la calle, pues era de nombre parecido a la que Emmanuel creía que era. A pesar de llevar un tiempo viviendo allí aun había zonas que eran desconocidas para él.

Se acercó hasta la puerta de un taller de artesanía cuyo tendero ya estaba echando el cierre.

— Disculpe, Monsieur, ¿podría decirme donde queda la calle Lapin número 5? —preguntó Emmanuel.

El tendero arqueó una ceja extrañado y preguntó:

— ¿Está seguro de que esa es la calle que busca?

— Sí, mire aquí la tiene —dijo tendiéndole el papel.

— Solo tiene que seguir recto, cruzar un pequeño puente y estará enseguida.

— Gracias, muy amable Monsieur. Bonne nuit.

Emmanuel siguió las indicaciones de aquel amable hombre. Una vez cruzado el puente, tan solo encontró árboles y un cementerio. No puede ser, pensó, la dirección debe estar mal. Dubitativo, abrió la verja y entró en busca de alguna persona a la que preguntar. Caminó entre filas de lápidas, el silencio reinaba en aquel sitio y el frío comenzaba a apretar. Se detuvo y fue entonces cuando lo vio:

Amelie Soir Leblanc

1900-1926

Emmanuel se arrodilló y comenzó a llorar como un niño desconsolado. Contó las lápidas, aquella era la número cinco.

Aquel pobre hombre había vivido toda su vida en Niza, tras la muerte de su hija Amelie por una neumonía, Emmanuel comenzó a escribir, vivía encerrado con su precoz Alzheimer y una esquizofrenia que había desarrollado tras la pérdida de Amelie. Su hijo Carl hacía años que se había ido a Alemania en busca de futuro dejando a Emmanuel prisionero en aquel pequeño estudio. A menudo, Emmanuel por miedo a olvidarse escribía en un papel la dirección del cementerio que en numerosas ocasiones debía preguntar para poder llegar. Emmanuel se acurrucó mientras en sus llorosas retinas el fantasma de la joven Amelie permanecía aún vivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario