La calle Lapin
Arrugó el papel que
tenía frente a él y lo encestó en la papelera que tenía a su izquierda. Era el número
doce de aquella tarde. Se levantó pasándose la mano por el pelo. Llevaba tres
horas en aquel cuartucho y aún no había conseguido escribir nada. Se acercó
hasta la ventana, la abrió e inhaló aire puro. Desde allí se podía ver el mar. Aquella
tarde el oleaje estaba calmado. El sol reflejaba todo el agua mientras tímidamente
iba escondiéndose para dejar paso una vez más a la luna y su enigmática noche. Sacó
de uno de sus bolsillos el paquete de tabaco, se colocó uno entre los labios y
lo encendió. Mientras dejaba que aquella sustancia se adentrara hasta sus
pulmones contempló a cuantos pasaban por la calle niños jugando, madres
histéricas, jóvenes paseando su primer e idílico amor, ancianos cuya compañía
era la de sus perros y el bastón de la tercera edad…
A sus casi cincuenta
años vivía en un pequeño estudio en Niza. Su única compañía eran sus papeles en
blanco y su pluma estilográfica. En algunas ocasiones hablaba con un vecino al
que le faltaba una pierna y cuya cordura era más que cuestionable.
Cuando se hubo
terminado el cigarro, cerró la ventana y se sentó de nuevo. Sabía que aquel día
no conseguiría escribir nada. Dicen que los escritores se mueven por la
inspiración, por una musa que los ilumina. Emmanuel Soir no tenía musa, aunque,
unos días atrás conoció a una joven cuya simpatía le había abierto un cierto
interés. Se hacía llamar Amelie Leblanc, era parisina, pero hacía ocho años que
se había trasladado a Niza junto a su padre y su hermano en busca de una nueva
vida. Recordaba acelerado la mirada aguamarina de aquella joven cuya edad no debía
llegar a los treinta. Aquel día vestía de blanco, como si de un cisne se
tratara, llevaba su ondulada melena castaña recogida en un elegante moño y sus
labios eran color rubí. Antes de despedirse, la joven le tendió a Emmanuel un
papel en donde figuraba su dirección invitándolo a ir cuando le fuera
necesario.
Despertando de su
ensimismamiento, Emmanuel abrió el cajón de su escritorio en donde guardaba
como paño en oro la dirección de aquella joven. Sin pensarlo, la metió en su
bolsillo, se colocó su gabardina color chocolate, su sombrero y salió de
aquellas cuatro paredes.
Fuera, los faroleros
comenzaban a iluminar las calles bajando y subiendo interminables veces sus
escalerillas. La brisa del mar dejaba en el ambiente un olor agradable. Emmanuel
caminó varias calles en dirección al norte. La joven Leblanc vivía a unos
veinte minutos a pie. La gente poco a poco comenzaba a resguardarse, los niños
entraban agotados, las madres sacaban fuerzas inexistentes para aguantar hasta
la hora de dormir y los ancianos daban gracias por cada minuto que aún seguían
con vida.
Tras una buena caminata,
sacó de nuevo el papel y miró la dirección. Definitivamente se había perdido,
no encontraba la calle, pues era de nombre parecido a la que Emmanuel creía que
era. A pesar de llevar un tiempo viviendo allí aun había zonas que eran
desconocidas para él.
Se acercó hasta la
puerta de un taller de artesanía cuyo tendero ya estaba echando el cierre.
— Disculpe, Monsieur, ¿podría
decirme donde queda la calle Lapin número 5? —preguntó Emmanuel.
El tendero arqueó una
ceja extrañado y preguntó:
— ¿Está seguro de que
esa es la calle que busca?
— Sí, mire aquí la
tiene —dijo tendiéndole el papel.
— Solo tiene que seguir
recto, cruzar un pequeño puente y estará enseguida.
— Gracias, muy amable Monsieur.
Bonne nuit.
Emmanuel siguió las
indicaciones de aquel amable hombre. Una vez cruzado el puente, tan solo encontró
árboles y un cementerio. No puede ser, pensó, la dirección debe estar mal.
Dubitativo, abrió la verja y entró en busca de alguna persona a la que
preguntar. Caminó entre filas de lápidas, el silencio reinaba en aquel sitio y
el frío comenzaba a apretar. Se detuvo y fue entonces cuando lo vio:
Amelie
Soir Leblanc
1900-1926
Emmanuel se arrodilló y
comenzó a llorar como un niño desconsolado. Contó las lápidas, aquella era la
número cinco.
Aquel pobre hombre
había vivido toda su vida en Niza, tras la muerte de su hija Amelie por una
neumonía, Emmanuel comenzó a escribir, vivía encerrado con su precoz Alzheimer
y una esquizofrenia que había desarrollado tras la pérdida de Amelie. Su hijo
Carl hacía años que se había ido a Alemania en busca de futuro dejando a
Emmanuel prisionero en aquel pequeño estudio. A menudo, Emmanuel por miedo a
olvidarse escribía en un papel la dirección del cementerio que en numerosas
ocasiones debía preguntar para poder llegar. Emmanuel se acurrucó mientras en
sus llorosas retinas el fantasma de la joven Amelie permanecía aún vivo.
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