Lo sobrio de la
ebriedad
Acaba
de caer una lágrima en el alfeizar de la ventana. Me siento ahí cuando necesito
estar solo, cuando me vienes a la mente. Con este es el sexto cigarro de hoy y
tan solo son las ocho de la mañana. Con esta es la cuarta botella de whiskey y
tan solo estamos a tres de marzo. Sí, me aficioné al alcohol cuando decidiste
alejarte de mi vida. A mí no me ayuda a olvidarte, al contrario, tu recuerdo
cada vez está más arraigado en todo mi cuerpo. Las lágrimas me acompañan con
cada calada, con cada trago. No sé si quien escribe soy yo o mi dolor, pero mis
amigos dicen que últimamente soy el puto amo escribiendo, no saben que tu
partida es la causa. No, aun no les he dicho que te has ido, para eso necesito
un par de botellas más.
Aún
tengo en mi mesilla los calzoncillos que tanto te gustaban, te los dejaste la última
vez que deshiciste mi cama, recuerdo que
te susurré: “Zeus, mi dios griego” mientras tú te reías y buscabas mi boca.
Sigo
esperando que llames a mi puerta y me digas que eres el ser más imbécil que has
conocido mientras yo me hundo en tu cuello, pero eso no va a pasar porque te
llevaste tu cepillo de dientes, sé que nunca volverás.
Yo
mientras tanto seguiré sentado en mi alfeizar ennegreciéndome los pulmones y dejando
que el whiskey escriba los versos más sobrios que mi mano ebria es capaz de
plasmar.
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