El
reflejo del estanque
La
niña se acercó con cautela hacia aquella anciana que le tendía la mano.
—No
me tengas miedo, pequeña —dijo la anciana mostrándole una sonrisa.
La
niña le devolvió la sonrisa y finalmente rozó aquellos dedos arrugados por la
edad y la tristeza.
—Siéntate
conmigo —musitó mientras le hacía un pequeño hueco en el banco de aquel parque.
La niña alisó su vestido y se sentó.
—¿Te
gustan los patos? —preguntó la anciana.
La
niña asintió.
—Cuando
yo era pequeña venía cada tarde a este parque y daba de comer a los patos —continuó
la anciana mientras señalaba el estanque que había en frente de ambas.
—Eres
muy vieja, ¿no? —preguntó la niña.
La
anciana soltó una carcajada ante aquella pregunta tan directa pero llena de
verdad.
—Sí,
lo soy.
—Pues
yo no quiero ser vieja, quiero ser actriz —dijo la niña con avidez— y salir en
la tele.
—¡Oh!,
estoy segura de que serás una gran actriz —animó la anciana— yo cuando era
pequeña también quería ser actriz.
—¿Y
lo fuiste?
—No,
no lo fui. A veces, cuando las personas se hacen mayores toman otras decisiones,
otros caminos diferentes a lo que tenían pensado.
—Entonces,
¿qué has sido tú? —preguntó la niña con curiosidad.
—Pues
he sido madre, he sido abuela…—dijo la anciana como si estuviera hablando
consigo misma— pero sobre todo he sido feliz.
—Pero
entonces no has sido famosa, nadie te recuerda —concluyó la niña.
La
anciana la miró con ternura y dijo:
—¿Sabes?
lo valioso de la vida no es cuánto dinero tengas, cuanto de famosa eres o
cuantas personas te recuerdan, lo mejor de esta vida es…recordar.
La
anciana, con los ojos llorosos, desvió la mirada hacia el estanque y lloró,
lloró desconsoladamente mientras el recuerdo de su yo niña desaparecía como cada tarde de su lado, mientras recordaba
lo feliz que había sido, mientras su Alzheimer cada vez más mataba la memoria
de aquella gran actriz que había recorrido el mundo entero y que ahora solo
había dejado el inicio de un recuerdo de la niñez.
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