El
juego del tranvía
Las manos me tiemblan
sin control. ¡Dios, estoy helado! Vale, soy sincero, no sé si tiemblo por frío
o por nervios. Las puertas del tranvía se abren. Busco con la mirada un
aliento, ese aliento que hará que se me pase el temblor. Ahí estás. Miro el
reloj. Las 8:20 justas. Estos conductores…todo cronometrado, cada parada, cada
subida, cada bajada. Llevo dos semanas con este juego, y dos semanas que ocurre
exactamente lo mismo. Me subo cada mañana de lunes a viernes a las 8:10 al
tranvía y ocupo uno de los asientos que hay frente a la zona reservada para las
personas con discapacidad. Normalmente voy con los auriculares puestos o
haciendo mil esfuerzos por espabilarme, pero hace dos semanas empecé con el
juego. El juego en el que tú apareciste por la puerta, el juego en el que con
verte esperando en la parada, todo abrigo sobra. Es un juego, las reglas son
siempre las mismas: tú subes, yo me calmo, miro el reloj y muero porque te
percates de mi presencia. Llevo dos semanas intentando hablarte. No tengo
huevos, ya me lo dicen mis amigos. Me encantaría decirte que me gusta ese pañuelo
color chocolate que llevas, que tu ondulada y castaña melena tiene un brillo
que deja en evidencia al mismísimo Sol, que tus gafas rosadas hacen conjunto
con tus labios, que yo…que yo soy un cobarde al principio, pero después no hay
quien me pare. Estás a unos centímetros de mí de pie, siempre te quedas de pie.
Agacho la mirada. Se acabó, hemos
llegado a tu parada. Miro el reloj. Las 8:40 justas. Estos conductores… ¿cuándo
me darán unos minutos más de margen? Te veo alejarte mientras las puertas se
cierran. Me llamo, como cada día, idiota a mí mismo por no hacer nada, por no
soltarte un simple hola, por ni
siquiera hacerte un simple gesto con la mano. En la vida hay que ser valiente, hijo mío me dice a menudo mi
madre. Lo sé, pero mientras la valentía no se cruce en mi camino, seguiré
jugando al juego del tranvía.
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