martes, 22 de enero de 2019

El juego del tranvía


El juego del tranvía



Las manos me tiemblan sin control. ¡Dios, estoy helado! Vale, soy sincero, no sé si tiemblo por frío o por nervios. Las puertas del tranvía se abren. Busco con la mirada un aliento, ese aliento que hará que se me pase el temblor. Ahí estás. Miro el reloj. Las 8:20 justas. Estos conductores…todo cronometrado, cada parada, cada subida, cada bajada. Llevo dos semanas con este juego, y dos semanas que ocurre exactamente lo mismo. Me subo cada mañana de lunes a viernes a las 8:10 al tranvía y ocupo uno de los asientos que hay frente a la zona reservada para las personas con discapacidad. Normalmente voy con los auriculares puestos o haciendo mil esfuerzos por espabilarme, pero hace dos semanas empecé con el juego. El juego en el que tú apareciste por la puerta, el juego en el que con verte esperando en la parada, todo abrigo sobra. Es un juego, las reglas son siempre las mismas: tú subes, yo me calmo, miro el reloj y muero porque te percates de mi presencia. Llevo dos semanas intentando hablarte. No tengo huevos, ya me lo dicen mis amigos. Me encantaría decirte que me gusta ese pañuelo color chocolate que llevas, que tu ondulada y castaña melena tiene un brillo que deja en evidencia al mismísimo Sol, que tus gafas rosadas hacen conjunto con tus labios, que yo…que yo soy un cobarde al principio, pero después no hay quien me pare. Estás a unos centímetros de mí de pie, siempre te quedas de pie.  Agacho la mirada. Se acabó, hemos llegado a tu parada. Miro el reloj. Las 8:40 justas. Estos conductores… ¿cuándo me darán unos minutos más de margen? Te veo alejarte mientras las puertas se cierran. Me llamo, como cada día, idiota a mí mismo por no hacer nada, por no soltarte un simple hola, por ni siquiera hacerte un simple gesto con la mano. En la vida hay que ser valiente, hijo mío me dice a menudo mi madre. Lo sé, pero mientras la valentía no se cruce en mi camino, seguiré jugando al juego del tranvía.

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