Me ha llevado varias semanas poder terminar la segunda parte de esta historia, pero es que he estado algo ocupada con otros relatos, estudios, etc.
Pero creo que esto va cogiendo forma y vida, así que, como dije en la primera parte, iré poco a poco subiéndola.
Pues lo dicho, aquí os dejo la segunda parte. Disfrutad y...¡nunca olvidéis quienes sois!
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Y sin
QuererLo Quise
En
uno de esos momentos oí que la puerta principal se abría. Mi madre. Me quité
los auriculares, arrojé el móvil a la cama y me levanté antes de que mi cuerpo
se entumeciera. Fui hasta el salón a saludar a mi madre. El reloj de pared
parisino marcaba las ocho y media de la tarde. Salude a mi madre con un hola.
Ella me correspondió, colgó el bolso en la percha que había en el recibidor y
fue hasta la galería a vaciar su bolsa de trabajo. Al ver mi desastre acuoso en
la lavadora exclamó:
— ¿Se
puede saber que ha pasado aquí?
— Nada,
me aburría y he salido a imitar una escena del fantástico Gene Kelly— le dije
con sarcasmo
Ella
puso los ojos en blanco acompañado de un ¡serás tonta!
— ¡Ay
Leire! ¿Cuándo aprenderás? En lugar de ir tanto a ese muelle a saber dios qué,
podrías ayudarme en las tareas de casa, por ejemplo—dijo con retintín—que es
casi la hora de la cena y no hay nada preparado y estoy agotada, así que ve a
la cocina y pon en práctica tus dotes culinarias que I’m going to sing in
the shower —dijo entonando la canción de la película Cantando bajo la
lluvia.
Y vi
cómo se metía al baño mientras tarareaba esa canción.
Mi
madre, Cova, era enfermera. Trabajaba en el hospital de Santa Fe desde hacía 25
años. Siempre la había tenido como una mujer modelo. Era guapa, atenta,
cariñosa, perseverante y autosuficiente. Con diecisiete años se fue al campo a
trabajar para poder conseguir dinero y sacarse el carnet de conducir, pues al
año siguiente empezaba la universidad y necesitaba un vehículo en el que poder
ir. Con 22 años conoció a un chico mientras estaba de fiesta con unas amigas,
bebieron de más, rieron, bailaron…y para cuando Cova se dio cuenta estaba
desnuda y con el chico al lado durmiendo como un tronco. Se levantó
sigilosamente, se vistió y salió descalza para no hacer ruido con los tacones.
Nunca más lo volvió a ver. A los pocos meses se enteró que estaba embarazada de
mí. Pensó en abortar, pues en ese momento un bebé le venía muy grande y no
tenía medios para mantenerme, pero siempre tuvo el apoyo de mis abuelos y con
su ayuda consiguió seguir hacia delante. Cuando cumplí cuatro años nos mudamos
a esta casa de Santa Fe, mi madre había conseguido el año anterior una plaza en
el hospital, cosa que le aseguraba una estabilidad. Sola me crió, haciendo de
madre y padre, aguantando ella sola mis rabietas, mis enfados y mis respuestas
desafiantes, pero también he tenido todos tus abrazos y besos para mí,
solía decir.
Me
metí la cocina e improvisé unos filetes
de lomo fresco con salsa verde. Había visto esta receta unos días atrás en un
canal de YouTube, así que me aventuré a hacerlos. El resultado no quedó nada
mal, mi madre hasta cogió un cacho de pan para terminar de rematar la poca
salsa que le había quedado en el plato.
— ¡Pero
qué rico estaba! —Dijo mientras se echaba el último trozo de pan a la boca — ¿qué
leches le has echado?
— Pues pimiento verde, perejil, ajo picado,
aceite y un toque de pimienta
— ¿En
serio? pues estaba riquísimo— dijo apurándose la última gota de vino.
Entre
las dos recogimos la mesa, lavamos los pocos platos que había y dejamos la
cocina ordenada. Después, nos tiramos en el sofá y comenzamos a relatarnos el
día. Le conté lo de Carla y su día catastrófico, a lo que ella respondió con un
esta chica no tiene remedio. Mi madre por su parte había tenido un día
bastante movido. Había estado sola en su planta, con diez pacientes para ella
sola, cada cual más impaciente y pedigüeño, se creen que soy su criada,
decía, me llaman hasta para que les rasque en sus partes. Yo me reía
ante aquello, porque mi madre lo contaba de un modo tan humorístico que a veces
he llegado a pensar que se equivocó de profesión. Que trabaje con enfermos
no significa ir todo el día con cara de muerta, aclaraba en esas ocasiones,
simplemente hay que tener otro chip, aparte de enfermeros hay que ser
payasos, sino se nos hunde el chiringuito.
Para
colmo, Guille, un cardiólogo con medio siglo que velaba los vientos por ella
desde hacía un par de años, la había vuelto a abordar en una de las
habitaciones. ¡Ay Cova!, cardiólogo desde hace veintiocho años y al único
corazón que no consigo llegar es al tuyo le solía decir. Pero mi madre
hacia caso omiso, ¿qué necesidad tengo de estar con ese señor? me preguntaba
cada vez que lo nombraba, pues tener a alguien con el que compartir
momentos, salir, desfogarte…le decía yo dejando entrever una sonrisa
picarona. Ella me echaba una mirada inquisitiva y comenzaba a refunfuñar.
He
de confesar que adoraba aquellas conversaciones con ella, era madre, amiga,
confidente, lo era todo. También es cierto que, pocas veces, por no decir
nunca, le expresaba lo mucho que la quería, lo mucho que significaba en mi
vida, quizá por orgullo, no lo sé, pero solía ser ella la que buscaba mis
abrazos, mis besos, esos tengo miedo, no me dejes que a veces me
transmitía con su mirada agotada.
Eran
las once cuando me dijo que se iba a la cama, se levantó del sofá, me dio un
beso y se fue arrastrando a su habitación.
Seguidamente
yo hice lo mismo, me lavé los dientes, apagué las luces y me encerré en mi
habitación. Revisé el móvil. Ni rastro de Carla, ni del chico misterioso. No
hubo contestación a mi último mensaje, tampoco yo le volví a escribir nada.
Apagué
el móvil dejándolo en la mesilla. Era una costumbre, sí, lo apagaba todas las
noches, ¿se supone que iba a dormir, no? ¿Para qué lo quería encendido?
Me
metí bajo la manta deseando entrar en calor lo antes posible. Mucho me temía
que la lluvia de esa tarde me pasaría factura dentro de unos días.
Me
relajé e intenté conciliar el sueño. No recuerdo nada más, tan solo que mis
párpados se cerraron dejando que Morfeo se apoderase de mí durante las siete
horas siguientes.
Continuará…

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