La última cara
Y de repente, me
encuentro de pie ante aquella mirada que me pide que la devore.
—No puedo hacerlo —digo
mientras me abotono el pantalón.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —me
pregunta desconcertada.
Niego con la cabeza sin
saber muy bien cómo explicárselo. Me guardo el móvil en el bolsillo y salgo de
aquel lugar. Respiro. He estado a punto de hacer una tontería. Menos mal que
siempre vuelves a mi mente. Bajo las escaleras de aquel edificio acristalado de
dos en dos. En la calle apenas queda gente. Son las cuatro de la mañana y hace
un frío que congela hasta la flecha del arquero más valiente. Camino con las
manos metidas en los bolsillos por aquellas fantasmales calles mientras el frío
me corta la cara. No me importaría congelarme aquí mismo. Pienso en lo que me
ha pasado esta noche. Todo ha sido muy rápido. Yo, sentado en aquella barra
mientras le daba vueltas al cuello de la botella de cerveza que había pedido
hace dos horas. Esa chica, que se colocó a mi lado mientras pedía un mojito.
Ella, que me abrió conversación. Yo que necesitaba escuchar. Me acabó besando. Si me tocas exploto, me susurró al oído mientras
mordía delicadamente su labio inferior. Y
yo, que a mi lado el iceberg del Titanic parecía un cubito, la seguí hasta
aquella habitación minimalista. Pero apareciste tú en el momento oportuno. La realidad
es que nunca te has ido. No puedo, soy incapaz. No puedo estar enamorado de una
persona y follarme a otras. Esa etapa se terminó para mí el día en el que
apareciste para ordenar mi vida. Eres un
desastre, lo tienes todo revuelto, me solías decir cada vez que entrabas a
mi piso. Lo que no me atreví a decirte es que la que me revolvió desde el primer instante fuiste tú a mí. Llámame idiota, llámame loco, pero creo que te
quería incluso antes de conocerte. Y ahora que no te tengo a mi lado, te quiero
incluso más, es por eso por lo que me es imposible fijarme en nadie. Hace un
año que intento no pensarte sin éxito. Cuando no es una canción, es un perfume,
cuando no son las 467 fotos que nos echamos juntos y que miro cada día. Sé que
solo hago el idiota. Sé que tomaste una decisión cuando decidiste alejarme de
tu vida. Esa maldita enfermedad.
—¿Y qué pasará cuando ya no pueda moverme?
¿Qué pasará cuando ya ni siquiera pueda hablar? —me dijiste mientras yo
a tu lado lloraba desconsolado.
—Te seguiré queriendo igual —te
contesté.
Tú, que no querías
verme sufrir al cuidarte. Yo, que en ese momento sufría al escucharte. Pienso que
nunca llegaste a confiar del todo en mí. Es
solo que ya he llevado muchas decepciones, decías cada vez que salía el
tema.
Sigo caminando. Me cuesta
hasta parpadear. Me paro en seco. He ido tan absorto en mis pensamientos que no
me di cuenta en qué momento giré para la calle. Tu calle. Miro el pequeño
jardín que tienes a la entrada del dúplex. Sigues teniendo aquella fuente que
te compré en aquel bazar de carretera pero que tanta ilusión te hizo. En el
fondo sé que no me has olvidado. La luz de tu habitación sigue encendida. ¿Que ha
sido esta vez? ¿Vómitos? ¿Sudores nocturnos? Me froto las manos y salto la
pequeña verja. Subo los cinco escalones que hay hasta la entrada principal. Nervioso,
toco el timbre. De repente, veo luz en el interior. Estas bajando. No sé cuál
será tu reacción al verme plantado ante tu puerta casi a las cinco de la mañana,
ni si te apetece verme, pero, si esta noche termino congelado, quisiera que la última
cara que viese fuera la tuya.
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