El árbol de la vida
Sentada en la cama,
jugueteaba con aquel colgante al que tanto cariño tenía mientras trataba de
esquivar la mirada cristalina de la persona que había frente a mí.
—¿Que ha pasado? —Preguntó—
Creí que éramos felices.
El colgante se movía
entre mis dedos, tragué saliva y alcé la mirada para encontrarme con aquellos
ojos negros bañados en lágrimas.
—No es culpa tuya, soy yo, he cambiado.
—¿Has
cambiado? ¿Desde cuándo? —Dijo acercándose a mí—. ¿Cuánto tiempo llevas
así? ¿Cuánto hace que te ves con ella? Te dije que cambiaría, sabes que estoy
haciendo todo lo posible por darte lo que quieres.
—Lo sé, y te doy las gracias, pero no sé en qué
momento decidí cambiar de opinión, no sé qué pasó, pero ya no hay marcha atrás.
Ella seguía llorando.
Con sus mangas secaba las lágrimas que descendían por sus mejillas. Se sentó a
mi lado y cuando fue a cogerme la mano lo vio.
—¿Qué es eso? —preguntó
señalando el colgante.
—El árbol de la vida —dije mostrándoselo.
—Te lo ha dado ella, ¿verdad?
Asentí.
—¿Cómo he podido estar tan ciega? Creí que
lo vuestro había terminado hace tiempo. Te ayudé cuando más lo necesitaste, te
acogí cuando ella te abandonó, ¿así me lo pagas?
—Lo siento, puedes coger tus cosas y marcharte, no
quiero que vuelvas por aquí.
Mirándome fijamente a
los ojos, asintió, me dedicó una de sus sonrisas amargas y desapareció de la
habitación.
Respiré aliviada.
Llevaba tiempo viviendo con Tristeza en casa. Cuando Esperanza me dejó, me
refugié en Tristeza, supo acompañarme en mis peores momentos, supo entenderme.
Pero Tristeza se estaba convirtiendo en Locura y Locura con el paso del tiempo
podría desencadenar en cosas peores y, quizá hace algún tiempo sí hubiera
aceptado vivir ese riesgo, pero hace unas semanas encontré aquel colgante y me
recordó los momentos bonitos de mi vida, me ayudó a comprender que yo no había
olvidado a Esperanza, que ella seguía ahí afuera buscándome, esperándome, me
recordó que para poder seguir adelante debía regar aquel árbol hasta que sus
hojas florecieran.
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