Llevo toda la semana dándole vueltas a una historia pero ha sido hoy cuando he decidido plasmarla.
Es una historia que iré publicando poco a poco ya que hacerlo todo en una entrada me parecía demasiado. No es una historia de las que a mi me suele gustar leer, pues es romántica pero le he querido de alguna manera dar un toque de misterio que tanto me gusta porque, he decidido que debo poder escribir de cualquier género. Aún así, estoy contenta del resultado y espero que quien la lea también tenga esa buena sensación.
Pues lo dicho, aquí os dejo la primera parte. Disfrutad y...¡nunca olvidéis quienes sois!
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Y sin
QuererLo Quise
Solía
ir todas las tardes al muelle de Santa Fe a sentir la brisa del mar.
Daba
exactamente 1000 pasos hasta que conseguía adentrarme en aquella estructura de
madera endeble. Era el único momento del día en el que encontraba paz. Llegaba
hasta el final y me sentaba dejando caer mis piernas. Era tan bonito. Me pasaba
allí horas contemplando el horizonte, observando como las gaviotas
cuidadosamente se sumergían en la superficie en busca de algún pez con el que
satisfacer su hambre. Me perdía en mis pensamientos mientras el viento suave
azotaba mi cara y agitaba mi cabello rizado.
No
había mejor estampa que aquella. Disfrutaba del silencio, del paisaje y de mí
misma. Recuerdo ese día. Era una tarde de diciembre, las brumas marinas fueron
las protagonistas en ese encuentro. El cielo estaba cubierto de acero, habían predicho
que una tormenta se adentraría en la ciudad durante los próximos siete días
siguientes. A pesar de ello, yo era fiel a mi cita con el mar. De repente, el
cielo comenzó a rugir, algo me decía que tenía que irme de allí y aplazar mi
tranquilidad para otro día en el que el sol fuera el actor principal.
Me
levanté y apreté el paso para evitar que la lluvia me alcanzase. Pero no tuve
esa suerte, aún me quedaban unos minutos para llegar a casa cuando aquellas
nubes negras decidieron descargar toda su rabia. En cuestión de segundos me empapé
de arriba abajo. Corrí tanto como pude hasta llegar al portal de casa. Con
decisión, me eché las manos al pantalón en busca de las llaves. Me llevó unos
segundos poder introducir la llave en la puerta debido a que se resbalaba en mis
empapadas manos. Cuando conseguí abrir, subí corriendo las escaleras dejando
tras de mí enormes charcos de agua.
Entré
en casa tiritando. Resfriado asegurado, pensé. Fui directa al baño. Me
despojé de aquellas capas de agua y me metí en la ducha. Agua bien caliente,
hirviendo si puede ser. Tenía las manos tan heladas que a mi lado los témpanos
se quedaban tibios. Dejé que aquella agua reparadora resbalase por mi cuerpo.
En unos instantes me encontré rodeada de un ambiente vaporoso. Cuando por fin
mi cuerpo recuperó su temperatura habitual, me enfundé en un albornoz y cubrí
mi pelo con una toalla. Descalza, fui hasta mi habitación en busca de ropa
limpia, a ser posible del pijama. Lo encontré en el último cajón del sinfonier.
Seguramente mi madre lo había guardado allí tras hacer la colada. Me vestí de
noche con aquel pijama de terciopelo color lavanda que tanto me gustaba y me
sequé el pelo.
Cuando
hube recogido todo aquel desorden acuático, me tumbé en la cama con los
auriculares y con un volumen musical moderado. Mientras me dejaba llevar por
aquella música, revisé mi correo mediante el móvil. Nada interesante. Tenía
ocho mensajes de Whatsapp de Carla, mi amiga. En ellos me contaba que había tenido un día
catastrófico. Su “amigovio”, que así era como ella le llamaba, la había mandado
literalmente "a tomar viento fresco" debido a que él quería más pero ella no daba
su brazo a torcer, para más inri, la habían llamado del trabajo para hacer horas
extras, con lo que nuestro plan para el fin de semana quedaba anulado y lo
último con lo que se topó ese demoníaco día fue con que su coche la había
dejado anclada en mitad de una avenida principal del barrio de La Esperanza. Me
ha mirado un tuerto, los dioses se han puesto en mi contra, los astros se han
alineado para conspirar contra mí, me escribió seguido de emoticonos de enfado.
Le
contesté diciendo que no se preocupara por el fin de semana, ya nos veríamos, y
que lo que tenía que hacer era mirar un coche nuevo y dejarse aquel Seat 850 de
los años 60 que solo le había traído problemas. No le dije nada sobre su
ruptura, eso mejor para cuando estuviésemos juntas porque Carla, aunque quería
aparentar ser una chica dura, era más sensible que la piel de un bebé y este
tipo de cosas le afectaban demasiado.
Después
de eso, decidí entrar en una de mis redes sociales para ver que se cocía por el
mundo. Para mi sorpresa, el icono de seguidores estaba verde. Se trataba de un chico cuyo nick era I_evoluoy. Me quedé un poco extrañada. No
había nada en su información. Ni nombre, ni foto, ni ninguna frase, tan sólo su
género. Cerré la aplicación y seguí escuchando música. Al rato, me llegó una
notificación. Un mensaje. Carla otra vez, pensé. Pues no. Era un mensaje
de él, de I_evoluoy. Hola, decía. Me
quedé sin saber qué hacer. Que extraño todo, me dije. Le respondí con
otro hola.
A
los minutos me respondió con un ¿qué tal? Yo, queriendo desvelar el
misterio le escribí: Estoy bien, gracias, aunque hace casi una hora no
hubiera dicho lo mismo… ¿nos conocemos?
Has
sonado un poco borde, me dijo mi
voz interior. Pasaron diez minutos. Ningún mensaje. Bah, seguramente sea
algún gracioso que solo quiere divertirse, refunfuñé. Entonces sonó una
notificación. Era de nuevo él. Perdona…no, no nos conocemos, a menos que yo
sepa. Simplemente me apetecía hablar con alguien y me llamó la atención tu
perfil, pero si molesto dímelo y dejo de
darte el coñazo, escribió.
¿Ves cómo
has sonado borde?, me dije. ¿Qué
le ha llamado la atención mi perfil? ¡Pero si no tenía nada! Tan solo
frases que se me ocurrían, críticas de noticias que me indignaban e imágenes con
las típicas frases que supuestamente son para animar pero que en realidad te
hunden en la miseria.
No
sabía que contestar. Finalmente, decidí por ponerle un simple: no, no
molestas, tan solo era curiosidad. Me contestó al momento. Ja ja ja,
vaya… ¿tú también eres curiosa? yo soy un tío al que le gusta mucho saber, como es la palabra...¿maruja? pues eso, así que… ¿por qué no
me cuentas sobre ti?
El
resto de la tarde estuvimos intercambiándonos mensajes. Su nombre era Iker,
tenía 30 años y vivía al norte de la ciudad, a unos treinta minutos de Santa
Fe. Vivía en casa de sus padres porque según él no tenía donde caerse muerto.
Yo
me apiadé de aquella criatura que me escribía a través de aquella pantalla de 5
pulgadas con una sensación que, hasta ahora, nunca había sentido.

Hola Sheila.
ResponderEliminarParece el comienzo de una historia interesante.
Estaría guay que nos contaras más sobre la protagonista. Me hubiera gustado conocerla un poco más antes de que introdujeras el misterioso chico, pero imagino que habrá más de ella en las siguientes partes que vayas publicando, las cuales leeré, porque las historias de amor son mis favoritas jeje.
Mucho ánimo y adelante :)
Un besazo.