sábado, 3 de febrero de 2018

Y sin QuererLo Quise

Buenas tardes!

Llevo toda la semana dándole vueltas a una historia pero ha sido hoy cuando he decidido plasmarla. 
Es una historia que iré publicando poco a poco ya que hacerlo todo en una entrada me parecía demasiado. No es una historia de las que a mi me suele gustar leer, pues es romántica pero le he querido de alguna manera dar un toque de misterio que tanto me gusta porque, he decidido que debo poder escribir de cualquier género. Aún así, estoy contenta del resultado y espero que quien la lea también tenga esa buena sensación.
Pues lo dicho, aquí os dejo la primera parte. Disfrutad y...¡nunca olvidéis quienes sois!

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Y sin QuererLo Quise


Solía ir todas las tardes al muelle de Santa Fe a sentir la brisa del mar.
Daba exactamente 1000 pasos hasta que conseguía adentrarme en aquella estructura de madera endeble. Era el único momento del día en el que encontraba paz. Llegaba hasta el final y me sentaba dejando caer mis piernas. Era tan bonito. Me pasaba allí horas contemplando el horizonte, observando como las gaviotas cuidadosamente se sumergían en la superficie en busca de algún pez con el que satisfacer su hambre. Me perdía en mis pensamientos mientras el viento suave azotaba mi cara y agitaba mi cabello rizado.

No había mejor estampa que aquella. Disfrutaba del silencio, del paisaje y de mí misma. Recuerdo ese día. Era una tarde de diciembre, las brumas marinas fueron las protagonistas en ese encuentro. El cielo estaba cubierto de acero, habían predicho que una tormenta se adentraría en la ciudad durante los próximos siete días siguientes. A pesar de ello, yo era fiel a mi cita con el mar. De repente, el cielo comenzó a rugir, algo me decía que tenía que irme de allí y aplazar mi tranquilidad para otro día en el que el sol fuera el actor principal.

Me levanté y apreté el paso para evitar que la lluvia me alcanzase. Pero no tuve esa suerte, aún me quedaban unos minutos para llegar a casa cuando aquellas nubes negras decidieron descargar toda su rabia. En cuestión de segundos me empapé de arriba abajo. Corrí tanto como pude hasta llegar al portal de casa. Con decisión, me eché las manos al pantalón en busca de las llaves. Me llevó unos segundos poder introducir la llave en la puerta debido a que se resbalaba en mis empapadas manos. Cuando conseguí abrir, subí corriendo las escaleras dejando tras de mí enormes charcos de agua.

Entré en casa tiritando. Resfriado asegurado, pensé. Fui directa al baño. Me despojé de aquellas capas de agua y me metí en la ducha. Agua bien caliente, hirviendo si puede ser. Tenía las manos tan heladas que a mi lado los témpanos se quedaban tibios. Dejé que aquella agua reparadora resbalase por mi cuerpo. En unos instantes me encontré rodeada de un ambiente vaporoso. Cuando por fin mi cuerpo recuperó su temperatura habitual, me enfundé en un albornoz y cubrí mi pelo con una toalla. Descalza, fui hasta mi habitación en busca de ropa limpia, a ser posible del pijama. Lo encontré en el último cajón del sinfonier. Seguramente mi madre lo había guardado allí tras hacer la colada. Me vestí de noche con aquel pijama de terciopelo color lavanda que tanto me gustaba y me sequé el pelo.

Cuando hube recogido todo aquel desorden acuático, me tumbé en la cama con los auriculares y con un volumen musical moderado. Mientras me dejaba llevar por aquella música, revisé mi correo mediante el móvil. Nada interesante. Tenía ocho mensajes de Whatsapp de Carla, mi amiga. En ellos me contaba que había tenido un día catastrófico. Su “amigovio”, que así era como ella le llamaba, la había mandado literalmente "a tomar viento fresco" debido a que él quería más pero ella no daba su brazo a torcer, para más inri, la habían llamado del trabajo para hacer horas extras, con lo que nuestro plan para el fin de semana quedaba anulado y lo último con lo que se topó ese demoníaco día fue con que su coche la había dejado anclada en mitad de una avenida principal del barrio de La Esperanza. Me ha mirado un tuerto, los dioses se han puesto en mi contra, los astros se han alineado para conspirar contra mí, me escribió seguido de emoticonos de enfado.

Le contesté diciendo que no se preocupara por el fin de semana, ya nos veríamos, y que lo que tenía que hacer era mirar un coche nuevo y dejarse aquel Seat 850 de los años 60 que solo le había traído problemas. No le dije nada sobre su ruptura, eso mejor para cuando estuviésemos juntas porque Carla, aunque quería aparentar ser una chica dura, era más sensible que la piel de un bebé y este tipo de cosas le afectaban demasiado.

Después de eso, decidí entrar en una de mis redes sociales para ver que se cocía por el mundo. Para mi sorpresa, el icono de seguidores estaba verde. Se trataba de un chico cuyo nick era I_evoluoy. Me quedé un poco extrañada. No había nada en su información. Ni nombre, ni foto, ni ninguna frase, tan sólo su género. Cerré la aplicación y seguí escuchando música. Al rato, me llegó una notificación. Un mensaje. Carla otra vez, pensé. Pues no. Era un mensaje de él, de I_evoluoy. Hola, decía. Me quedé sin saber qué hacer. Que extraño todo, me dije. Le respondí con otro hola.

A los minutos me respondió con un ¿qué tal? Yo, queriendo desvelar el misterio le escribí: Estoy bien, gracias, aunque hace casi una hora no hubiera dicho lo mismo… ¿nos conocemos?

Has sonado un poco borde, me dijo mi voz interior. Pasaron diez minutos. Ningún mensaje. Bah, seguramente sea algún gracioso que solo quiere divertirse, refunfuñé. Entonces sonó una notificación. Era de nuevo él. Perdona…no, no nos conocemos, a menos que yo sepa. Simplemente me apetecía hablar con alguien y me llamó la atención tu perfil, pero si molesto dímelo y dejo de 
darte el coñazo, escribió.

¿Ves cómo has sonado borde?, me dije. ¿Qué le ha llamado la atención mi perfil? ¡Pero si no tenía nada! Tan solo frases que se me ocurrían, críticas de noticias que me indignaban e imágenes con las típicas frases que supuestamente son para animar pero que en realidad te hunden en la miseria.
No sabía que contestar. Finalmente, decidí por ponerle un simple: no, no molestas, tan solo era curiosidad. Me contestó al momento. Ja ja ja, vaya… ¿tú también eres curiosa? yo soy un tío al que le gusta mucho saber, como es la palabra...¿maruja? pues eso, así que… ¿por qué no me cuentas sobre ti?

El resto de la tarde estuvimos intercambiándonos mensajes. Su nombre era Iker, tenía 30 años y vivía al norte de la ciudad, a unos treinta minutos de Santa Fe. Vivía en casa de sus padres porque según él no tenía donde caerse muerto.
Yo me apiadé de aquella criatura que me escribía a través de aquella pantalla de 5 pulgadas con una sensación que, hasta ahora, nunca había sentido.



Continuará…
 

1 comentario:

  1. Hola Sheila.
    Parece el comienzo de una historia interesante.
    Estaría guay que nos contaras más sobre la protagonista. Me hubiera gustado conocerla un poco más antes de que introdujeras el misterioso chico, pero imagino que habrá más de ella en las siguientes partes que vayas publicando, las cuales leeré, porque las historias de amor son mis favoritas jeje.
    Mucho ánimo y adelante :)
    Un besazo.

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